Sintiendo tu abrazo, abrazo mi dolor

Hace 2 años justos que mi papá partió a otro plano, “a la casa grande”, a “la casa de arriba”  como él me dijo cuando se sintió listo, regalándome sus últimas palabras.  Hoy todo lo vivido y revivido durante este tiempo me anima a escribir y compartirte sobre mi duelo y sobre el duelo como proceso.

La despedida de mi papá  fue una de las vivencias más impactantes que he tenido en mi vida y cada día que pasa la recibo como un regalo invaluable.  Lo extraño, claro que lo extraño, sin embargo a la vez siento que fue una gran bendición tenerlo y poder disfrutar su cercanía, especialmente los últimos años.  Antes de él me tocó despedir a 3 de mis abuelos y algunos tíos muy queridos.  La partida de papi ha sido, sin dudas la más significativa y sobretodo la más consciente. 

En el lenguaje secreto que usábamos a veces para referirnos a él, uno de sus nombres era “El King”. Y así murió, como muere un rey que lo ha entregado todo en su reinado y está rodeado de los suyos.  Mi mamá, todos sus hijos y nietos, hermanos, cuñados, sobrinos, familia y amigos estuvimos durante una semana acompañándolo y despidiéndolo.  Y en sus últimos momentos estábamos ahí,  alrededor de la cama,  los más cercanos, en oración, silencio con un gran dolor y a la vez  un profundo respeto a ese tránsito inminente.

Hoy puedo hablar desde mi  sentir y experiencia de el duelo y compartirte como he sentido y he procesado hasta ahora la despedida más importante de mi vida.  Antes, en mis estudios psicoterapéuticos hice varios talleres de la muerte, de preparación para la muerte desde varias miradas, de acompañamiento al moribundo, de acompañamiento al que se queda y  justo estaba terminando mi formación en Terapia de Contención  (modalidad terapéutica que también tiene grandes recursos para el apoyo y acompañamiento en el duelo), cuando me tocó a mi.  Y la verdad es que no se sabe hasta que no se vive, sin embargo las herramientas ya incorporadas de una u otra forma, el trabajo personal  y la manera como el alma de mi papá eligió para irse de este plano, fueron  invaluables. 

Uno de los momentos más trascendentes fue,  estando solo los hijos y nietos en la casa, una noche cuando mi mamá nos llamó a todos a la habitación y alrededor de él ella inició la despedida verbal, agradeciéndole primero la vida de sus hijos y todo lo que había hecho para darnos lo mejor, a ella, a nosotros, a su familia, a los amigos, a la sociedad… Fue impactante ver esa esposa-mamá fuerte y empoderada dentro del gran dolor de perder su compañero, diciéndole que había sido un luchador, que nos había dado todo y que ahora le tocaba descansar y que ella y nosotros estaríamos bien y siempre agradecidos.  Te lo cuento y a la vez me quedo corta de todas sus palabras y de lo vivido en ese momento.  

Pasarnos todos juntos una semana en apoyo mutuo, con ángeles humanos como los tíos y tías, primos y amigos, quienes dentro del dolor que también sentían se ocupaban de que no faltara nada, sobretodo cariño y muestras de cercanía.  Estar junto a mami, junto a mis hermanos, sentir “estamos juntos hasta el final”.  Hablarle al oído, expresarle todo lo que iba saliendo de mi corazón, cantarle, tocarlo, cambiarlo de posición, tratar de sentirlo para entender su necesidad, abrazarlo y quedarme en contacto hasta sentir las descargas de su cuerpo que se iba soltando, fueron algunas de las vivencias que me quedan en el corazón.  Y cómo no decir que a la vez fue hermoso.

A la vez te digo que por más preparación que haya,  definitivamente duele y no hay manera de no sentir dolor cuando ya ves que se va…y a la vez,  como a mi y a mi familia nos tocó, que pudimos despedirlo,  estar ahí para él,  acompañarlo conscientemente a irse y a la vez ayudarnos a dejarlo ir, es una mezcla de dolor con paz interior difíciles de transmitir. 

Una vez leí o escuché que el dolor es el precio que se paga por vincularnos. Pues seguiré pagando el precio, especialmente pudiendo sanar, como pude hacerlo mucho antes de su partida, el vínculo maltratado que por mucho tiempo tuve con él, desde mi adolescencia. Mi papá fue mi gran maestro. Le debo mi vida y mucho más, tantos aprendizajes, tantas tomas de consciencia, tanta fuerza para ser lo que soy hoy.

Volviendo al duelo,  puedo decir que permitirte sentir el dolor es lo más sano que puedes hacer por ti, no anestesiarte, no tratar de evadirlo. En general,  drogarte con fármacos, con distracciones excesivas no hacen más que profundizar más el duelo y dañar más tu sistema nervioso, aunque no hay reglas rígidas pues cada uno lo hace como puede y cada uno tiene diferentes mecanismos de afrontamiento y umbrales diferentes para tolerar el dolor en cualquier nivel.  

Hay un período mínimo que es normal, de aproximadamente un año, según muchos autores expertos en el tema,  en que cada fecha significativa vinculada con el ser que ha partido mueve el recuerdo, remueve el dolor, la pena… Darle un buen lugar a esas emociones, dejarlas salir, hablar con los cercanos de lo que pasa, volver a recapitular, ayuda a procesar y a autosanar.  El no permitir que los sentimientos afloren, los que sean, no hará más que obstaculizar el proceso.

Darte el permiso cada día que va pasando de tener espacios  en el que puedas entregarte a que broten los sentimientos que sean, sentirlos en el propio cuerpo, sin reprimirlos es parte de la cura. Y quiero remarcar el tema del cuerpo, quien es el protagonista de buena parte de mi trabajo, porque es importante sentirlo en él como parte de la sanación. Es lo que muchos autores llaman el “cuerpo del dolor”, para completar el proceso y que no se queden como emociones inconscientes que luego aparecen como enfermedades, aunque no las relacionemos.  Recuerda que la emoción es biológica y que los eventos psicológicos sin procesar dejan huellas que luego nos son recordadas a través del cuerpo cuando enferma.

Poder alternar la soledad,  con momentos de compañía, especialmente de esa cercana, de confianza, de apoyo incondicional, íntima,  con momentos de la rutina diaria, de trabajo que también ayuda a improntar “la vida continúa para los que nos quedamos”, es sanador.

Hablar, repetir la historia cuantas veces lo necesites, recapitulando, compartiéndola con otros, también es valioso. Por eso agradezco tantos oídos prestos a escuchar, además de las palabras sentidas que salieron del corazón de tantos que me acompañaron. 

Reconozco que cada ser humano es diferente, expresa lo que le pasa de manera diferente. También cada muerte es diferente, ocurre en circunstancias diferentes, a veces sorpresiva, a veces quedan temas sin resolver y los vínculos son diferentes. No se puede comparar la muerte de un padre, con la de una pareja, con la de un hijo, por ejemplo… Por eso a veces hará falta buscar ayuda, buscar otras herramientas, un acompañamiento profesional, uno espiritual para que  cada uno encuentre como acomodarlo mejor y seguir en la vida.  Sin embargo,  no importa como haya sido o como procesemos, todos sentimos y el denominador común es el dolor y a ese hay que darle espacio.

Habría mucho más que contar, sin embargo recojo lo esencial que me llega en este momento en que transito el segundo aniversario del vuelo a la luz de mi papá  y escribo como parte de mi proceso, como tributo a la memoria del primer hombre de mi vida, el mejor papá que me podía tocar y como una manera de compartir contigo algo que tal vez podría ayudarte.

Una vez más, en gratitud por mi vida y por tanto:  nos vemos en la luz, papi!

Y a ti que amablemente me lees, te deseo siempre lo mejor.

Raluna

En vuelo a Orlando, 28 de abril, 2016

 

 

 

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Dra. Raquelina Luna © 2016
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